Bienvenidos. Explora Natura esta vez te invita a conocer las aventuras de Andresín, un muchacho con cuerpo de adulto y mente de niño, de alguien que no tiene inconveniente alguno en decir o hacer lo que piensa en cada momento.

Esta promete ser una lectura divertida y entretenida para compartir con toda la familia en casa #quedateencasa. Sin más preámbulo, aquí tienes más de las interesantes aventuras de Andresín.

 

Los toros

Desde hacía algún tiempo, don Antonio notaba un pellizco en el estómago cada vez que pasaba junto a Andresín. Muy a su pesar, debía de reconocer que estaba en deuda con aquel joven con mente de niño. Con su simpleza había sido capaz de poner a funcionar al Ayuntamiento al completo.

También gracias a él, había descubierto la gran caradura de algunos de los trabajadores de la Casa del Pueblo. Y, sobre todo, el hecho de que el Consistorio estuviese rindiendo como debía y como se esperaba de él, había sido uno de los motivos fundamentales para que él, don Antonio, hubiese vuelto a ser reelegido como alcalde.

Por todo esto, no paraba de darle vueltas a la cabeza para encontrar un modo de compensarlo de alguna manera.

–Toc, toc ¿da su permiso, don Antonio?

–Pasa Miguel ¿qué quieres?

–Han traído las invitaciones para la corrida de la feria.

–Estupendo, déjalas sobre mi mesa –y al decir esto, se le encendió la mirada. Podía invitarlo a los toros. Seguro que en su simple vida, nunca había asistido a una corrida y seguro que se lo agradecería. –¡Perfecto!

–Dijo para si en alto tono –y con esto en paz.

–¡Miguel! –Llamó eufórico al ayudante de su secretaria –Baja a la entrada y le dices a Andresín que suba.

Con paso cansado, bajó las escaleras, quizás desganado por tener que llevar aviso a aquel chico raro y simple de la puerta.

Como temiendo que algo tan sencillo como un recado, pudiese causarle dolor de cabeza. Al cabo del rato, llamaba de nuevo en la puerta del señor alcalde.

–¿Da usted su permiso, don Antonio?

–Dime Miguel, ¿aún no has avisado a Andresín como te dije?

–Don Antonio, ese chico, que es más testarudo que once mulas juntas. Pues no dice que no se puede mover de la puerta por si se ausenta alguien.

Alzando la mirada y respirando hondo, don Antonio pensó que no sabía si sería buena idea llevarse a aquel muchacho a algo tan serio como lo era una corrida de toros, lugar donde se cita lo mejor de la comarca. Pero bueno, lo había decidido y… –¿qué podría ocurrir?

–Dile a ese cabeza de chorlito que suba ahora mismo.

–Como usted mande don Antonio. Ya sabía yo que un recado para ese muchacho no era cosa simple.

Al cabo del rato, Andresín llamaba a la puerta del señor alcalde.

–¿Da usted su permiso, don Antonio?

–Pasa Andrés.

–Usted dirá, pero no se demore que tengo la puerta abandonada y seguro que alguno o alguna, aprovecha para escabullirse.

–Vamos a ver Andrés, hace tiempo que quería tener un detalle contigo por tu buen hacer para con esta Casa. ¿A ti te gustan los toros?

Andresín, notablemente emocionado y sorprendido, pues nadie le había regalado nada, salvo su madre: una cruz de Caravaca que llevaba cogida al cuello, miraba con los ojos muy abiertos y casi sin pestañear a don Antonio. Aquello era de lo más bonito que le habían hecho en su vida. Nunca nadie antes le había invitado a comer y menos en un restaurante. Con la boca apoderada por los nervios. Eligió bien las palabras y le contestó:

–Verá don Antonio, yo no los he probado nunca aunque con agrado lo haré. Mi madre, la Tomasa, dice que lo mejor es el rabo y el chuletón. –Y tras soltar aquella respuesta, se le quedó prendida una sonrisa de satisfacción en el rostro.

Si a Andresín se le habían quedado los ojos abiertos por la invitación, a don Antonio se les iban a salir de la cara –¡Pero qué respuesta era aquella! –pensó. –¡Este zoquete sólo piensa en llenar su abultada panza! –Y tras cerrar los ojos por un instante y contar hasta tres o cuatro, le respondió: -No Andrés, no me refiero a la carne de toro. Me refiero a las corridas de toros.

–Ahhh, haber empezado por ahí don Antonio. Pues esas tampoco las conozco.

–Bueno, pues si te apetece, te invito a venir conmigo.

–Sí, sí, don Antonio. Claro, don Antonio –para el chico, era uno de los mejores regalos que le habían hecho en su vida.

Nada menos que el señor alcalde le estaba invitando a los toros.

Una hora antes de haber quedado con don Antonio, estaba allí Andresín. Su traje ceñido, casi a punto de explotar, delataba el homenaje que se había pegado en el almuerzo. Más de un botón parecía querer suicidarse a tener que soportar la presión de aquella juvenil panza. Repeinado, cual ternero recién nacido, apoyaba su enorme figura de niño grande contra la puerta de la entrada. Nada más ver al señor alcalde comenzó a gritar:

–¡Don Antonio, don Antonio!

El alcalde, un tanto avergonzado por tamaño griterío, le hizo una señal con la mano para que bajara el tono de voz y se le acercó.

–No es necesario que todo el mundo, hasta los del pueblo de al lado, se enteren por donde voy. –¡Ojú Andresín, que tarde más larga! Parece que estás metido dentro de un botijo. Bien, cuando llegue don Rafael, entraremos. Tú te sentarás con nosotros en el palco.

Don Rafael, puntual donde los hubiera, llegó a tiempo pero un tanto acelerado. –¡Creí que no llegaba! He tenido que llevar a mi tío, Pacomio, ya lo conoces, a que diera una vuelta por el campo con sus cosas y me ha entretenido.

–Tranquilo Rafael. Aún no ha salido el primer toro –y echándole la mano por el hombro le presentó al muchacho.

–Este es Andresín, el chico del que te he hablado en alguna ocasión. Nunca ha asistido a ninguna corrida y lo he invitado a que nos acompañe.

–Hola zagalón, ¿Cómo estás?

–Buenas tardes tenga usted, don Rafael. Don Antonio me ha dicho que es usted todo un entendido en el arte del toreo y que seguro voy a aprender mucho a su lado.

Don Rafael, sonrió piropeado. –Don Antonio, que exagera a veces.

Y los tres se encaminaron hacia el palco presidencial.

Andresín, no paraba de mirar de un lado a otro. Instalado en un lugar privilegiado, absorbía cada detalle. El olor a puro de los señores que, con su mascota encasquetada, no paraban de charlar y charlar. El chico que canturreaba: -Vendo las avellanas, las más sabrosas y las más sanas.

–¡Caramba! –Pensó –que buenas deben de estar.

–…y llevo el altramuz, para que te lo comas tú.

Las mujeres, vestidas con trajes de gitana, con sus peinas y flores enganchadas en el pelo. La guardia civil, el cura, el boticario, el médico…

–Pocos niños veo –se dijo.

–Y dígame don Antonio, que tal son los toros este año. Como ha podido ver, ni tiempo de echarles un ojo he tenido – comentó don Rafael.

-Yo creo que los de este año son de lo mejorcito que nos ha visitado. Son de esa ganadería nueva que tanto gustó en Madrid, del Marqués de la Gineta.

–Sí, sí, estaba informado –dijo don Rafael prendiendo fuego a un flamante habano.

–Uno es jabonero.

–¿Los toros hacen jabón? –interrumpió Andresín. -Será el dueño, porque por mi casa pasa todas las semanas el jabonero y es un hombre. Si que es verdad que también tiene cuernos o eso dice mi madre, aunque nunca he entendido el por qué. Y eso que se los he buscado.

–No Andrés, no –Dijo don Antonio mirando al cielo mientras don Rafael
se atascaba con la risa y el humo del habano. –Se refiere al color de su pelo, no a que haga o venda jabón. No te das cuenta que es un animal. Aunque no sé si de animal a animal notáis la diferencia. A veces no sé si eres tonto o nos tomas el pelo a nosotros.

Andresín siguió observándolo todo, como si no hubiese abierto la boca.

–Bueno don Rafael, como le iba diciendo, este año los toros tienen buena pinta. El otro toro, no sé si está al tanto que este año con la crisis tan sólo hemos traído dos, es negro bragado…

–Y por qué le ponen bragas a los toros. ¿Es para que no hagan sus cositas en la tierra amarilla?

Con el chico aquel al lado y sus ocurrencias, don Rafael se estaba planteando apagar el puro pues, al final, se acabaría atragantando con el humo. Don Antonio, algo avergonzado ante su amigo y entendido taurino, cerraba los ojos, apretaba los dientes y juraba en arameo por lo bajini.

–Mira Andrés, toma once duros y te acercas a comprar unos altramuces chochos. Va a ser mejor que nos separemos por un ratito.

Andresín, lejos de molestarse, marchó veloz en busca de uno de los vendedores ambulantes de frutos secos. En su paseo entre las gradas, pisando y empujando a todo aquel que se hallase en su trayectoria, algo llamó su atención lo bastante como para olvidar, milagrosamente, su precioso cometido. La compra de alimento.

Dos chicos de unos doce años, Manuel y Ramón, correteaban por el callejón y por sus gestos y risas, tramaban algo lo suficientemente atractivo como para no dejar de acercarse.

–¿Qué hacéis? –les preguntó.

–Aquí con las trompas. Lo vamos a pasar de miedo. Las hemos probado lanzando unos proyectiles y llegan a buena distancia. Cuando empiece la corrida verás.

A Andresín se le iluminó la cara. No tenía muy claras las ideas de aquellos chavales pero pintaban bien. Seguro que sería divertidísimo. Mucho más que oír a don Antonio hablar de toros que venden jabón o que llevan bragas.

–Y… donde puedo conseguir una trompa de estas –dijo mostrando los once duros que tenía destinados para otro menester.

El mayor de los dos chicos, avispado como él solo, le indicó:

–A cambio de esos once duros puedes usar la mía –la suya que no le había costado nada, pues se la había fabricado su abuelo de caña. –Eso sí, después me la tienes que devolver que no son baratas.

Dicho y hecho. Aun iban las monedas por el aire cuando Andresín ya tenía enchufada la cerbatana en la boca buscando una diana donde practicar su puntería. Un señor mayor, de oreja ancha que esperaba sentado el inicio de la corrida fue su objetivo y su colorada oreja derecha la que llevó peor parte.

–¡Zas! –Mano a la oreja, giro brusco y los tres trompeteros disimulando entre nerviosas risotadas. –¡Esto funciona!

Ajenos a todo lo que había estado ocurriendo a su alrededor, un clarín llamó su atención. Un morlaco de pelo claro, jabonero, aparecía como una furia ante la concurrida plaza portátil. Un par de vueltas tras la muleta de los subalternos y se topó de bruces con el maestro. Plantado como un palo, pegó tres muletazos que frenaron al toro frente a él mientras clavaba las pezuñas en la arena.

El público, enmudecido, esperaba uno de esos pases que sólo él era capaz de dar con el pitón paseando su temida arcada a unos milímetros de la taleguilla.

Toda la plaza callaba cuando el toro pegó un brinco y casi pilla desprevenido a un torero que no se esperaba tal arrancada.

–¡Uyyyy! –gritó el graderío que disimuló y apagó las risotadas de los tres chicos.

Andresín, había vuelto a hacer de las suyas y le había soplado un trompazo a las partes más nobles y bajas del animal, provocando brinco, coz y desconcierto del personal.

Bestia brava donde los hubiera, se volvió hacia el torero que consiguió darle un par de pases hasta pararlo en seco. Otra vez, se le ofrecía una oportunidad al grupo de trompeteros y mientras el maestro giraba sobre sus talones con el estoque sobre la testuz del animal –¡Zas! –nuevo trallazo sobre la huevera del toro que provocaron una nueva arrancada que, si no es por los gritos del gentío, hubiera acabado con el torero por los suelos.

Aquello no era normal. El público silbaba, aunque no tenía claro a qué. Estaban seguros de que aquel espectáculo no era el que esperaban, pero tampoco podían desmerecer al maestro, pues los cuatro capotazos que había podido pegarle al toro habían sido de auténtico lujo. A decir verdad, el animal, cuando no saltaba, embestía con nobleza. Pero había algo…

Una vez más, toro frente a torero, público enmudecido y el aire cortado por un nuevo proyectil directo a las colgaduras. Al final, el morlaco tuvo que ser devuelto a toriles, pues había aprendido que cada vez que se plantaba
frente a aquel hombre con traje de luces, un agudo dolor le subía desde su más querida y honorable retaguardia y evitaba pararse frente al maestro.

Tras el clarín, un imponente toro bragado bufaba mientras lanzaba hacia adelante el albero con las pezuñas.

Un público boquiabierto, que no era capaz de entender por qué ese animal, al igual que su compañero, coceaba y brincaba cada vez que se plantaba frente al torero, comenzó a silbar enfurecido. Aquello había puesto al señor alcalde con el corazón en la boca. Tembloroso, miraba con cara de espanto y angustia a su entendido compañero, don Rafael, esperando de él, como verdadero entendido, alguna explicación que pudiera solucionar aquella incomodísima situación.

En una de las veces previas a un nuevo brinco del astado, vio aparecer entre las tablas bajas del ruedo, la enorme cabezota de Andresín portando entre los labios algo parecido a una cerbatana.

Palideció, enrojeció, se tornó amarillo e incluso violeta.

–¡Pero por qué me tengo que complicar la vida solo! Ese animal es el que tiene la culpa de todo. –Pero cuando iba a darle explicaciones a su compañero de palco, prefirió callar. Si hablaba, todo el mundo sabría que el culpable era Andresín, que a su vez había sido invitado por él. Así que, con semblante serio, ordenó retirar nuevamente al toro y dio por concluido el espectáculo.

Nadie podría echarle la culpa a él. En todo caso al ganadero, pensó, que había enviado unos toros malos. Con cara de circunstancia su compañero don Rafael, que no se había percatado de la situación real, le echó el brazo por encima del hombro.

–Vamos don Antonio, no siempre está en nuestras manos decidir si una
cosa va o no va a funcionar.

El alcalde, algo cabizbajo, pensó: -en este caso, si yo no hubiera invitado a…

–Don Antonio, don Antonio –gritó Andresín –¿Ya se ha acabado la corrida? Yo pensé que duraría algo más –pronunció mientras escupía las cáscaras de las pipas que había sisado a algún indignado y despistado asistente. –Para la próxima me tiene que invitar usted otra vez –dijo mientras la tos, atragantaba al señor alcalde que palideció, enrojeció, se tornó amarillo e incluso violeta.

 

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Las aventuras de Andresín: Los toros
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Las aventuras de Andresín: Los toros
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